Por Gonzalo Perera |*| - (Diario La República - Uruguay)
Dos semanas nos referimos al poder político y al reduccionismo superestructuralista, manera complicada de llamar algo simple: el error de identificar la política con los cargos públicos, que es como reducir el análisis económico-financiero al estudio de asientos contables.
Los cargos son sumamente importantes e imprescindibles para el ejercicio de la política, pero hay cuotas de poder muy importantes que residen en la sociedad civil . O que residen fuera del alcance del voto y del ciudadano, en una élite autoproclamada, en núcleos muy reducidos y cerrados de poder. Que pueden guardar sólidos nexos con los círculos políticos partidarios y de poder económico, pero que son "poder en sí". Un ejemplo típico de este fenómeno lo brindan los grandes medios de comunicación, que en América Latina son en su inmensa mayoría objeto de una portentosa concentración en muy pocas manos.
Que Diego Armando Maradona es un personaje contradictorio, no se discute. El pibe humilde de Villa Fiorito, que deslumbró y disfrutó del mundo a plenitud, que conoció todo tipo de excesos, deificación y diabolización, que, tal y cual en la cancha, cayera varias veces y volviera a levantarse, siempre espectacular y desmesurado. Pero así como me deleitara como jugador, confieso que me gusta verlo en un Mundial dirigiendo a Argentina, protegiendo con sus anchas espaldas mediáticas a sus jugadores, generando la mayor distensión posible para ellos, anunciando que no habrá restricciones a la vida sexual de los jugadores en su tiempo libre, jugando un "monito" con ellos, etcétera. Es bien interesante la forma en que los jugadores se relacionan e interactúan con él. Compartiendo el amor por el fútbol, el saber que nada en la cancha es tan fácil como parece desde una cabina y la extraordinaria pasión que Maradona siempre mostró por la albiceleste, jugadores y DT parecen estar en perfecta sintonía. Naturalmente, como todo uruguayo, deseo con el alma que la celeste llegue tan lejos como sea imaginable en el Mundial. Pero si no fuera Uruguay quien llegue hasta la cima, desearía que el petiso Messi desparramara generosamente su talento durante todo el Mundial y que el todopoderoso Blatter tenga que pasar por el amargo trago de condecorar a Maradona.
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