14 diciembre 2011

Instituto Dorrego: Dudas, aclaraciones y batalla cultural

Por Alberto J. Franzoia

Hace ya unos días estalló la polémica en torno a la creación del Instituto Nacional de Revisionismo Histórico Argentino e Iberoamericano Manuel Dorrego. Si bien en un primer momento dicha polémica surgió a partir de las fobias manifestadas por los exponentes de la historia oficial, ya que sospechan que el gobierno intenta “imponer” un relato histórico alternativo al que Bartolomé Mitre y sus discípulos produjeron y difundieron por décadas, lo que me interesa abordar en este artículo son las reacciones que la cuestión ha generado entre algunos intelectuales que adscriben o apoyan al kirchnerismo formulando algunas reflexiones, a partir de ellas, sobre la batalla cultural. La primera cuestión (la fobia mitrista) no es un tema menor pero ya ha tenido suficientes y contundentes respuestas desde la intelectualidad nacional-popular, por lo tanto pasemos a la segunda.

Para comenzar vale una aclaración: quien escribe dará su punto de vista desde el interior del bloque nacional, poniendo de manifiesto un absoluto desinterés por sostener un simulacro de neutralidad; tema que con frecuencia desvela a ciertos intelectuales que sobreactúan su rol de científicos. Por otra parte, si bien he escrito bastante sobre este problema epistemológico, debo dejar en claro que siempre defenderé la necesidad de cultivar ese rigor conceptual y metodológico que algunos compañeros equivocadamente subestiman; pero esto nada tiene que ver con la postura cientificista de quienes reclaman una (falsa) neutralidad como requisito para gestar conocimiento verdadero, ni con la descalificación automática de todo aquel que carezca de diploma, minimizando numerosos aportes realizados en largos años de práctica fecunda y comprobable; pero sólo en esos casos, lo que no supone ningún tipo de concesión a los improvisados de cualquier ideología, que suelen aprovechar las aguas del río cuando viene revuelto para macanear.

No faltarán desde ya quienes desde una tan vieja como desautorizada (por lo hechos) filosofía cientificista intenten convencernos de que la neutralidad es producto de los últimos avances registrados por las ciencias sociales, por lo que resistirse representaría una manifestación de anacronismo intelectual. En realidad la propia historia de la epistemología demuestra que semejante pretensión, contaminada por una cuota inocultable de soberbia, no representa más que un reciclaje de los viejos postulados positivistas del siglo XIX, tan afines con la versión liberal (y neoliberal) de la historia o de cualquier otra disciplina social. Esta visión cientificista de la ciencia fue desarticulada en nuestro país (y en el seno de su universidad) hace unas cuatro décadas por Oscar Varsavsky en un estupendo libro de lectura muy recomendable: Ciencia, política y cientificismo” (1).