"Se están multiplicando las agresiones infundadas y redobla la propaganda contra Siria, Irán, Pakistán, Corea del Norte, Cuba, Venezuela, China y Rusia. Estados Unidos despliega su poderío militar en 870 bases distribuidas en todo el globo y junto a sus aliados de la OTAN interviene, directa o indirectamente, en los problemas internos de muchos países.
Bajo la pantalla de la lucha contra el terror sostiene una guerra en Afganistán, ha partido a Irak y ha liquidado a Libia. Practica un espionaje desaforado con satélites, drones y agentes infiltrados y procede a asesinar de manera selectiva a dirigentes o cuadros que estima peligrosos a sus intereses.
La crisis económica, lejos de inducir a la prudencia a sus hombres de estado, parece estar influyéndolos para ir cada vez más lejos en el campo internacional, tal vez porque no se ve a ningún Hitler en las proximidades, porque se presume que Rusia está muy debilitada y que los chinos no se apartarán de su discreción en materia diplomática. La teoría del “enemigo objetivo”, sin embargo, sigue siendo el factor dominante en la diplomacia del bloque atlántico y esto supone un riesgo mayor.
Sintetizada por Sir Eyre Crowe, un analista del Foreign Office británico anterior a la primera guerra mundial, dicha doctrina estimaba que la estructura y no el motivo era lo que determinaba la estabilidad. No eran en esencia las intenciones de Alemania lo que importaba: lo que importaba eran sus posibilidades. Las buenas intenciones de un enemigo potencial no contaban, serían anuladas por las tentaciones inherentes al creciente poderío de este.
Cámbiese el nombre de Alemania por el de China o por el binomio Rusia-China, y nos encontraremos con una concepción similar, que explica gran parte de las tensiones del presente. Pero este tipo de pensamiento fomenta la psicosis de cerco que afligió a Alemania y a Japón en el período de las guerras mundiales y nos aproxima peligrosamente al nadir de la civilización."
Bajo la pantalla de la lucha contra el terror sostiene una guerra en Afganistán, ha partido a Irak y ha liquidado a Libia. Practica un espionaje desaforado con satélites, drones y agentes infiltrados y procede a asesinar de manera selectiva a dirigentes o cuadros que estima peligrosos a sus intereses.
La crisis económica, lejos de inducir a la prudencia a sus hombres de estado, parece estar influyéndolos para ir cada vez más lejos en el campo internacional, tal vez porque no se ve a ningún Hitler en las proximidades, porque se presume que Rusia está muy debilitada y que los chinos no se apartarán de su discreción en materia diplomática. La teoría del “enemigo objetivo”, sin embargo, sigue siendo el factor dominante en la diplomacia del bloque atlántico y esto supone un riesgo mayor.
Sintetizada por Sir Eyre Crowe, un analista del Foreign Office británico anterior a la primera guerra mundial, dicha doctrina estimaba que la estructura y no el motivo era lo que determinaba la estabilidad. No eran en esencia las intenciones de Alemania lo que importaba: lo que importaba eran sus posibilidades. Las buenas intenciones de un enemigo potencial no contaban, serían anuladas por las tentaciones inherentes al creciente poderío de este.
Cámbiese el nombre de Alemania por el de China o por el binomio Rusia-China, y nos encontraremos con una concepción similar, que explica gran parte de las tensiones del presente. Pero este tipo de pensamiento fomenta la psicosis de cerco que afligió a Alemania y a Japón en el período de las guerras mundiales y nos aproxima peligrosamente al nadir de la civilización."
Por Enrique Lacolla
Más que Pearl Harbor, Stalingrado o Normandía, la batalla librada hace 70 años en las proximidades de la capital rusa fue el punto de inflexión de la segunda guerra mundial.
A principios de este año, en un artículo del 11 de enero titulado A 69 años del ataque japonés a Occidente, practicamos una revisión del complejo cuadro de la revolución y la guerra en Asia promediando el siglo pasado. Esa situación llevó al ataque japonés a Pearl Harbor –de los que acaban de cumplir 70 años-, que fuera uno de los puntos de inflexión de la historia de nuestro tiempo, en la medida que significó el ingreso pleno de Estados Unidos (ya la mayor potencia industrial de la época) a la lucha por la hegemonía mundial. Los norteamericanos no han dejado de recordar la fecha y han difundido ese aniversario por las cadenas mundiales de comunicación cuyo control mayoritariamente ejercen. Mucha menos atención ha concitado el otro punto decisivo en la inversión de las tornas durante la segunda guerra mundial: la batalla de Moscú, reñida, por esas mismas fechas, entre alemanes y soviéticos.
Entre octubre de 1941 y principios de enero de 1942, en efecto, se libró un monumental combate entre la Wehrmacht y el Ejército Rojo, que terminó con la derrota del movimiento ofensivo alemán contra la capital soviética. Esa derrota también determinó el final del período de la blitzkrieg o guerra relámpago que en poco más de un año y medio había llevado a los nazis a adueñarse de Europa, con excepción de la insular Gran Bretaña.
Mucho se ha argüido en torno de cuál de los dos momentos fue más determinante para fijar el final de la segunda guerra mundial. En ese momento, por supuesto, el panorama no estaba claro y ninguno de los protagonistas mundiales podía tener por segura la salida del conflicto aunque, en el momento de Pearl Harbor, Winston Churchill se hubiera sentido confortado por la certeza de que la guerra estaba ganada. En realidad, la conjunción de fuerzas del bando aliado indicaba que a la larga la balanza de la contienda iba a inclinarse de su lado, pero había una infinidad de imponderables entre ese resultado y el momento que se estaba viviendo. ¿Sobreviviría Rusia a la campaña de 1942? ¿Podría Estados Unidos movilizar su formidable capacidad industrial para llegar a tiempo a invadir el continente europeo en caso de que la URSS se hundiera? ¿Hubiera sido factible esto si Alemania tenía que ocuparse de un solo frente? El proyecto de la bomba atómica, que ese momento estaba apenas en pañales, probablemente hubiera debido enfrentarse a un proyecto similar del otro lado. Cuenta Albert Speer que Alemania abandonó la idea en 1942 porque la cuantía de los gastos que el mismo hubiera supuesto, habría implicado detener la producción del armamento convencional que era indispensable para sostener la lucha en el frente oriental. De no haber existido este, ¿no habría podido Alemania equilibrar su gasto y atender a unas necesidades bélicas más limitadas de manera simultánea y armónica?
Como se ve, son interrogantes tan superfluos como apasionantes. Superfluos porque la historia ya se encargó de responderlos. Apasionantes porque demuestran que nada está demostrado en un momento de crisis y que el rumbo que pueden tomar las cosas es susceptible de variaciones, determinadas en gran medida por las decisiones de los actores que creen comandar los hechos. Una vacilación en el estado de ánimo del pueblo norteamericano y un reforzamiento de los sectores aislacionistas que ante el ataque japonés querían tomarse desquite de este y desentenderse del problema europeo; una decisión menos férrea y desesperada que la de Stalin y su círculo ante el ataque alemán; una concepción menos delirante que la de Hitler en el sentido de pretender reducir a los pueblos eslavos a la esclavitud, hubieran podido cambiar el curso de las cosas.
En el fondo fue el absurdo concepto del nacionalismo biológico de los nazis lo que selló la suerte del conflicto y lo que, de alguna manera, lo estaba sentenciando desde un principio. Ya lo había dicho Napoleón: “Con las bayonetas puede conseguirse todo, menos sentarse sobre ellas”. Pero como para Hitler la lucha era el factor permanente que conformaba el sentido de la existencia, y como no concebía esta de otro modo que en la colisión bélica, las pulsiones destructivas que contenía en sí mismo el capitalismo y el mundo moderno no podían sino ejercitarse de la más extrema y peor manera posible. Aviso para quienes se niegan a mirarse en el espejo del pasado y creen que la locura puede encerrarse como al genio en una botella.
