07 agosto 2011

66 años atrás caía la bomba atómica sobre Hiroshima

El minuto de silencio ritual con que los japoneses recuerdan la hora exacta de la caída de la primera bomba atómica lanzada sobre población civil (las 8.15 de la mañana), se cumplió hoy, 66 años después que la aviación de los Estados Unidos materializara la decisión que en un soplo de fuego mató a más de 140.000 personas.

Dos días después fue el turno de Nagasaki; 70.000 muertos en el acto y diversas secuelas sirvieron para justificar el fin de la segunda guerra mundial, y para encubrir la disuasión de la que fue objeto Josef Stalin, que avanzaba hacia Japón por el norte.

La guerra estaba ganada, pero la masacre produjo la rendición incondicional de los nipones (y la retirada de los soviéticos). Sin embargo, aunque la misión se cumplió con "éxito", los efectos en la cultura -y en los cuerpos- todavía se hacen sentir.

Dos libros clave vuelven a las librerías: "Hiroshima", de John Hershey, una crónica extraordinaria escrita por un reportero de la revista New Yorker, que llegó a Hiroshima un mes después de la explosión ordenada por el presidente norteamericano Harry Truman y coordinada por su hombre fuerte, Robert McNamara.

Y el otro, "El piloto de Hiroshima: más allá de los límites de la conciencia", el epistolario entre Claude Eatherly y el filósofo alemán Gunther Anders, esposo de Hannah Arendt, la amante de Martin Heidegger y autora de "Eichmann en Jerusalén".

Extraña combinación: Anders cruzó 71 misivas con Eatherly, el único de los pilotos que se desestabilizó al regresar a los Estados Unidos, y por lo cual estuvo 30 años preso.

El pensador teutón es una de las referencias sobre los efectos colaterales de la ciencia aplicada, y tuvo a su cargo el cuidado de Eatherly, sin mayor éxito. Sus escritos, como los del novelista y Premio Nobel Kenzaburo Oe, no han dejado de leerse y traducirse.

En esos escritos, donde la nostalgia por un edén terrenal está completamente ausente, el hombre piensa si es posible un uso pacífico de la energía nuclear, pero sus conclusiones son más bien desoladoras: la idea de extensión u obsolescencia de la especie humana sobrevuela sus meditaciones.

Eatherly, entretanto, que tenía 30 años el 6 de agosto de 1945, pasó poco más de 29 en una suerte de reformatorio-prisión donde falleció a los 60 años, sin poder sacar de su cabeza las imágenes de los espectros que se derretían en las ciudades japonesas.

Sus compañeros de aventura, en cambio, sólo hablaron de cumplir órdenes.

El piloto de Hiroshima representó -tal vez sin quererlo- el malestar con una cultura criminal que no impidió el crecimiento de la investigación nuclear, y que este mismo año, en Japón, se cobró su libra de carne cuando un terremoto destrozó una central nuclear en el norte del país, el accidente más grave después de la catástrofe de Chernobil, en la ex URSS.


La bomba de Hiroshima

 El 6 de agosto de 1945, hace 66 años, la “superfortaleza” volante B-29 de la fuerza aérea norteamericana llamada “Enola Gay” dejó caer sobre la ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica, una de las dos que habían desarrollado los científicos y técnicos en los desiertos que fueron otrora territorio mexicano.

El hongo que se formó cuando la bomba de uranio explotó en el suelo de Hiroshima.

La bomba que “superó todas las expectativas” de los norteamericanos provocó 130.000 víctimas, 80.000 de ellas muertos, 48.000 edificios fueron destruidos completamente y 176.000 personas quedaron sin hogar.

Fue uno de los más resonantes efectos de la ciencia moderna, aplicada en este caso a la guerra, en ese momento, con el Japón ya derrotado, puramente “preventiva” como advertencia a potencias aliadas en que los Estados Unidos no tenían confianza.

El día anterior en la base de Tiniaii, una isla de las Marianas, la tripulación del Enola Gay, preparada desde muchos meses antes en la base secreta de Wendover, en Utah, Estados Unidos, para “una misión espacialísima”, esperaba la orden.

La tripulación del avión, el mayor de la época, estaba al mando del coronel Paul Tibbets, que había elegido como hombre de confianza al oficial bombardero Tom Ferebee.
Durante meses habían practicado lanzamiento de una bomba cuya verdadera naturaleza no conocían, y que llamaban “La Cosa”, un gran cilindro con cola. Ferebee no obstante estaba al tanto del gran poder de la bomba y temía por algo que nadie podía responderle: la explosión ¿destruiría también al avión o la tripulación se salvaría?

Sabía que al momento del tremendo estallido, cuando la bomba tocara el suelo tras caer desde miles de metros, el B 27 estaría ya a 17 kilómetros, pero la cuestión era si la estructura soportaría una onda expansiva de dos veces el peso de la nave.

La boma estaba preparada en julio de 1845. En Los Álamos, donde se preparaba en secreto estaban los científicos Oppenheimer, Bohr, Fermi, Bethe, Lawrence, Frisch… y espías rusos que mantenían a Stalin al tanto de todo. Al punto que cuando el presidente Truman le dijo que habían detonado la bomba a modo de prueba en el desierto, el ruso apenas si sonrió.

El B-29 fabricado por Boeing fue el mayor avión construido durante la Guerra Mundial.
Su longitud era de 30 metros; la envergadura, 43 metros. Iba equipado con cuatro motores Wright de 2.200 HP de potencia, que le daban una velocidad máxima de 585 kilómetros por hora a 7.600 metros de altitud.

Nagasaki, el horror después de la bomba.

Para cargar la bomba de uranio, el Enola Gay hubo de acomodar su bodega, dado que las dimensiones del ingenio superaban los 70 cm de diámetro los 3 metros de longitud.
La bomba atómica es un reactor o pila nuclear que no utiliza moderador (es decir, ninguna sustancia que frene las partículas emitidas por el elemento radiactivo) y en la que se origina una reacción en cadena.

Dos trozos de material uranio 235 de masa inferior a la crítica, es decir, a la masa a la que la reacción en cadena se produce de forma espontánea, y separados por un espacio vacío, son impelidos a chocar entre sí mediante la explosión de dos cargas convencionales, de forma que la nueva masa resultante es superior a la crítica, produciéndose la reacción nuclear.

El vuelo despegó a las 2:45 de la madrugada del día 6, para alcanzar su objetivo seis horas más tarde. Solo al partir Tibbets anunció una información adicional. Y habló de que se trataba de lanzar una bomba cuyos efectos significarían muy probablemente la derrota de Japón y el fin de la guerra, sin decir “atómica” pero con una potencia igual a 20.000 toneladas de trilita.

Dificultades meteorológicas le impidieron a Enola Gay alcanzar el objetivo fijado por lo que se decidieron por Hiroshima, que era el alternativo para caso de mal tiempo. Era una ciudad con más de 300.000 habitantes, famosa por sus bellísimos sauces y que hasta aquel día había sido alcanzada apenas por 12 bombas enemigas.

El avión lanzó la bomba a la hora 8, 15 minutos y 17 segundos desde una altura de 10.000 metros. Con la pérdida súbita de un peso de cuatro toneladas, el avión saltó hacia arriba. A los 43 segundos, cuando el B 27 estaba a 15 kilómetros del lugar, la bomba estalló a 550 metros por encima del punto de caída y a 200 metros del blanco.

Los tripulantes vieron el espacio convertido en una bola de fuego cuya temperatura interior era de decenas de miles de grados. Una luz “como de 1000 soles” los deslumbró. Una doble onda de choque sacudió fuertemente al avión, mientras abajo la inmensa bola de fuego se iba transformando en una masa de nubes purpúreas que empezó a elevarse hacia las alturas, coronándose en una nube de humo blanco densísimo que llegó a alcanzar 12 kilómetros de altura y que adoptó la forma de un gigantesco hongo.

El Enola Gay giró hacia el sur y voló sobre las afueras de Hiroshima para fotografiar los resultados del bombardeo. El mensaje fue sencillo y contundente: “resultados obtenidos superan todas las previsiones”.

El día 9, otro avión lanzó otra bomba nuclear sobre Nagasaki. Los efectos fueron suficientes para que el Consejo Supremo de Guerra japonés se dirigió a los Estados Unidos pidiéndole el cese de las hostilidades y aceptando la rendición incondicional exigida por los aliados.

Una zona de dos kilómetros de radio se transformó en un crisol, que la dejó arrasada como si un fuego infernal y un viento cósmico se hubieran asociado apocalípticamente. Y en kilómetros a la redonda, incendios y más incendios atizados dramáticamente por un vendaval de muerte. Por los restos de lo que fueron calles, empezaron a verse supervivientes desollados, con la piel a tiras, unos desnudos, otros con la ropa hecha jirones.

Los que murieron en el acto, sorprendidos en el punto de la explosión, se volatilizaron sin dejar rastro. Tan sólo alguno, situado junto a un muro que resistió la onda expansiva, dejó una huella en la pared, una silueta difuminada de apariencia humana, como una sombra fantasmagórica, que fue en lo que vino a quedar el inmolado.

Otros se vieron lanzados, arrastrados y se encontraron volando por el aire, como peleles de una falla sacudida por un vendaval. Alguno fue a parar milagrosamente a la copa de un árbol, a muchos metros de distancia de su lugar de arranque.

En los alrededores del punto cero, todo quedó carbonizado. A 800 metros ardían las ropas. A dos kilómetros, ardían también los árboles, los matorrales, los postes del tendido eléctrico, cualquier objeto combustible.

Finalmente, la bomba provocó el “sol de la muerte”. Las personas aparecían llagadas, llenas de terribles ampollas. Todos los supervivientes, en un radio de un kilómetro a partir del epicentro, murieron posteriormente de resultas de las radiaciones.

Los muertos por estos insidiosos efectos lo fueron a millares y se fueron escalonando a lo largo del tiempo, según el grado de su contaminación. Veinte años después de la explosión, seguían muriendo personas a consecuencia de los efectos radiactivos.

La fabricación de la bomba fue reclamada al presidente Franklin Roosevelt por uno de los que la hicieron posible con sus estudios; el físico Albert Einstein. La muerte de Roosvelt, que inició de todos modos la investigación, dejó la terminación del trabajo para el presidente Harry Truman, que decidió usar la bomba contra el Japón para amedrentar a la Unión Soviética, que ya se perfilaba como enemigo tras ser aliado durante la guerra.

De todos modos, pocos años después el llamado “secreto atómico” fue robado por los rusos por orden de Stalin y se inició una nueva carrera armamentística, en que Einstein volvió a recomendar usar la bomba contra los comunistas.